En los últimos años se hizo habitual entre los aficionados del Camp Nou aquello de “habría que fichar un Larsson. El delantero sueco llegó al Barcelona con 33 años a mediados de la década pasada y dejó un gran recuerdo en la parroquia culé. Su rol era el de suplente habitual, pero no un suplente más: con jugadores como Eto’o por delante, aprovechaba los minutos que tenía para ofrecer un buen rendimiento, bien saliendo desde el banquillo o en los partidos que tenía la oportunidad de partir en el XI. Sin una palabra más alta que otra, el sueco, que llegó del Celtic donde era toda una institución, mostró ser un buen profesional en las dos temporadas que estuvo en el Barcelona antes de marcharse al Manchester United. El Barcelona fichó entonces a Eidur Gudjhonsen, pero no fue lo mismo. Con grandes estrellas como Messi, Ibrahimovic, Luis Suárez o Neymar, en el Barcelona han echado en falta en ocasiones esa figura del delantero suplente que ofrece un buen rendimiento en los minutos de que dispone. Raro es que algún futbolista acepte ese rol, pues lo que quiere un profesional es jugar lo máximo posible, pero hay formas de llevarlo. Si nos vamos casi diez años aún más atrás en el tiempo, también en el Barcelona ocurrió algo similar con Juan Antonio Pizzi.

Era la temporada 96-97, la primera sin Cruyff en el banquillo tras varios años de éxito y ocaso del Dream Team, y el Barcelona acometió una revolución en una plantilla que puso a cargo del inglés Bobby Robson. Era un año de incertidumbre, de cambios pero también de transición hacia lo que en realidad esperaba la directiva azulgrana: la llegada de Van Gaal al año siguiente, a quien le quedaba un año de contrato en el Ajax. Aquella temporada llegaron Vitor Baía, Fernando Couto, Laurent Blanc, el hoy técnico Luis Enrique, Giovanni y, sobre todo, Ronaldo Nazario. A la sombra del brasileño, que había encandilado al continente con la camiseta del PSV, llegó otro delantero: el argentino Pizzi, que acababa contrato con el Tenerife tras haber marcado 31 goles en la campaña anterior con los que ganó el ‘Trofeo Pichichi’.

Ya había sido un ídolo para la afición de Rosario Central en su Argentina natal, y en Tenerife, adonde llegó procedente de México, rindió desde el primer momento que puso sus pies en la isla. Marcó quince goles en cada una de sus dos primeras temporadas. En la segunda, la 92-93 con Valdano en el banquillo y compañeros como Redondo, Del Solar, Ezequiel Castillo, Dertycia, César Gómez o Quique Estebaranz, lograron el hito de la clasificación para la Copa de la UEFA. Pizzi fichó entonces por el Valencia, pero las lesiones no lo dejaron triunfar en Mestalla y al año siguiente regresaría al Heliodoro Rodríguez López. Marcó otros quince goles más en su regreso antes de su gran temporada, la de los 31 tantos con los que el Tenerife, que vivía los mejores años de su historia, volvió a clasificarse para la Copa de la UEFA. El Lagarto, que había perdido un riñón cuando jugaba en Argentina tras un choque con Bonano (lo que puso en jaque su carrera) superó las dificultades para erigirse en el máximo goleador de La Liga.

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Para entonces ya había debutado con la selección española a finales de 1994 tras conseguir la doble nacionalidad y no contar para la albiceleste. Clemente buscaba delanteros (había acudido al Mundial de Estados Unidos con Julio Salinas y Juanele), y Pizzi se presentaba como una buena opción. Acudió a la Eurocopa de 1996 en Inglaterra junto a otros delanteros como Kiko y Alfonso, que a menudo tenían problemas con las lesiones.



Difícil reto le esperaba en Barcelona: competir con Ronaldo en el 4-2-3-1 de Robson. Pizzi era un delantero que vivía para el gol; a diferencia de Larsson, no era rápido ni especialmente técnico, pero era un buen rematador y tenía un don especial para saber dónde tenía que estar para buscar ese remate. No era un jugador polivalente, así que no le quedaba más remedio que pelear por el ‘9’ con un Ronaldo que maravillaba al mundo. No obstante, aquello no lo amedrentó: aprovechó las oportunidades de que dispuso para ganarse la estima de la afición.

Aquella primera temporada en liga marcó nueve goles a pesar de la falta de minutos, pero sus mejores momentos llegaron en la Copa del Rey: en semifinales, el Barcelona se vio las caras con un Atlético que en el descanso iba ganando por 0-3 en el Camp Nou. El equipo azulgrana le dio la vuelta al marcador hasta lograr la victoria por 5-4 y clasificarse para la final, y Pizzi marcó el gol decisivo. Un comentarista, en pleno éxtasis con el gol del hispano argentino, relató “Pizzi, sos macanudo”, y con “macanudo” se quedó. En la final esperaría el Betis de Alfonso y Finidi. En el minuto 82, el Barcelona se llevó un jarro de agua fría cuando a escasos minutos para el final, el extremo nigeriano marcaba el segundo para los verdiblancos que deshacía el 1-1, pero sólo tres minutos después, Pizzi marcaba el empate que llevaba el partido a la prórroga. Figo, que ya había marcado el primero, dio el título a los azulgrana. Aquel año, el Barcelona perdió la liga ante el Real Madrid de Capello, pero ganó la Copa del Rey y la Recopa de Europa. Pizzi marcó ese año 16 goles entre todas las competiciones, un buen número para un jugador que estaba a la sombra del mejor futbolista del mundo y un buen recurso para Robson.

Al año siguiente llegó al banquillo azulgrana, como se esperaba, Louis Van Gaal, con lo que la escuela holandesa volvía al Camp Nou. Tras la polémica marcha de Ronaldo al Inter, el Barcelona fichó a otro brasileño, Sonny Anderson, para suplir al Fenómeno. También Rivaldo y Dugarry llegaron ese año al Camp Nou, con lo que Pizzi volvía a tener dura competencia en la delantera. Pero fue el cambio de técnico lo que sentenció al ex del Tenerife: un delantero de sus características no entraba en los planes de Van Gaal, y jugó mucho menos en su segunda temporada, marcando sólo dos goles en liga.

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No fue esto un obstáculo para que Clemente siguiese confiando en él, llevándoselo al Mundial de Francia con una selección a la que ya habían llegado Raúl, Morientes y Etxeberria, y en la que seguían Kiko y Alfonso. En total jugó 22 partidos con la selección y marcó ocho goles, uno de ellos a Argentina en un amistoso que España ganó por 2-1.

Tras aquel año salió del club azulgrana y, con 30 años, volvió a Argentina para vestir la camiseta de River. Después regresó a Rosario Central, donde volvieron los goles, y tuvo un paso fugaz por el Oporto. Se retiró de vuelta a España en el Villarreal, donde fue fichado para suplir a Palermo tras su grave lesión. Años después inició su carrera como técnico, que lo llevó de vuelta al Valencia en 2014 y que hoy lo tiene al mando de la selección de Chile.

Tuvo Pizzi un paso similar al de Henrik Larsson por Barcelona, sólo que a la inversa: el sueco tuvo una primera temporada más discreta (4 goles en 16 partidos), aunque en su caso sería por una grave lesión que lo tuvo algunos meses sin poder jugar, y una segunda más destacada (15 tantos en 42 encuentros). Pizzi se ganó el cariño del Camp Nou en su primera temporada (16 goles en 49 partidos) y en la segunda dispuso de menos minutos (2 goles en 23 partidos). Ambos dejaron un grato recuerdo en el Camp Nou en un rol que hoy busca cumplir Paco Alcácer, que en los últimos partidos ha visto puerta tras un inicio en el que no contaba para Luis Enrique.

Buen delantero fue Juan Antonio Pizzi, de aquellos que hacían del gol un oficio.

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Gabriel Caballero