Yo, mí, Mou, conmigo: la historia de Mourinho en el Real Madrid



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José Mourinho llegó al Real Madrid de la mano de Florentino Pérez (que pagó 16 millones de euros para liberarle de su contrato con el Inter de Milán) para hacerse cargo de dos misiones: romper la hegemonía del FC Barcelona y llevar a los blancos a levantar la Ansiada Décima, una Copa de Europa que lleva persiguiendo desde 2002. El autoproclamado Special One no tardó ni una rueda de prensa en marcar cómo se le debía medir: por los títulos.

En las tres campañas que Mourinho ha dirigido al Madrid –primero como entrenador, desde hace más de un año como manager general– el club blanco ha disputado nueve campeonatos (la Supercopa de España no la contaremos porque, además de ser un título menor, está condicionada por otros). De nueve posibles títulos, los merengues han ganado dos, una Liga y una Copa, a los que se les podría añadir un tercero si logran imponerse al Atlético de Madrid en la final copera del próximo 17 de Mayo.

Poniéndonos en el mejor caso, tres títulos de nueve posibles no parecen un porcentaje aceptable para alguien que presume de ser un ganador. Menos aún si tenemos en cuenta que ninguno de ellos es el más importante: la UEFA Champions League se le sigue resistiendo al Madrid, también con el entrenador que “allá donde va lo gana todo”, una mentira repetida hasta la saciedad por sus acérrimos defensores, pues en el Chelsea tampoco ganó la Champions.

Por eso ahora El-que-lo-ganaba-todo trata de convencer a los madridistas (y, más en concreto, a los moudridistas) de que llegar a tres semifinales de Champions es todo un éxito. Para ello volvió a repetir la patética función del papelito en rueda de prensa, sacando a relucir la lista de entrenadores que dirigieron al Madrid desde 1989. Una lista que tiene sus trampas: comienza por Toshack, evitando así al anterior técnico, Leo Beenhakker (al que sí nombra por los cinco meses que estuvo en 1992), que entre 1986 y 1989 alcanzó, como Mou, tres semifinales de la máxima competición europea (a la que por entonces sólo se clasificaban los campeones de Liga), mientras que, además, encadenó tres títulos ligueros, parte central de un lustro de hegemonía blanco.

Dejando a un lado la infantil omisión de Jorge Valdano, el segundo de los enredos es engordar la lista con paja, esto es, con un buen número de entrenadores que no tuvieron la oportunidad de llegar a unas semifinales de Champions. Como Antic, Beenhakker (2ª época), Floro o Capello (1ª época), que no llegaron a dirigir al equipo en Champions, o Valdano, Hiddink, García Remón y Camacho, que fueron cesados antes de caer eliminados (aunque en el caso del técnico de Cieza, fue él quién dimitió). Consecuentemente, la lista de los 18 entrenadores se reduce hasta los diez.

Precede su discurso con palabras humildes que resultan falsas y vacías cuando saca después su arsenal de documentación y defiende con tanta vehemencia ese nuevo título creado ad hoc por él mismo: Tres Semifinales de Champions. Pero volvamos al quid de la cuestión: midamos a Mourinho por sus méritos. Decíamos al inicio que, además de la Décima, Florentino Pérez le había encargado la misión de romper la hegemonía del Barça. Si para romper la hegemonía llegaba con ganar una sola Liga, pues sí, lo ha logrado. Sin embargo, muchos entenderán que la supremacía blaugrana no ha sido cortada, sino brevemente interrumpida, pues el Barça sólo ha tardado un año (en realidad, unos meses) en recuperar su preeminencia en España.

Sólo por la sumamente meritoria Liga de los Cien Puntos no puede decirse que la Era Mourinho haya sido un fracaso. Pero aún estaríamos más lejos de la verdad si quisiéramos calificarla de exitosa. El técnico luso quiere ser medido por los títulos. Bien, pues los títulos dictan sentencia: 2 (que pueden ser 3) de 9, sin ninguna Champions.

En consecuencia, ¿le ha compensado al Madrid el fichaje de Mourinho? En lo meramente deportivo, sí y no. Ha roto una racha de dos temporadas sin títulos pero no ha logrado reconquistar Europa ni instaurar un ciclo en España. Si vamos más allá, añadiendo a la cuestión todos los demás factores que definen la salud del club, la respuesta está clara: la Era Mourinho ha resultado ser negativa y perniciosa para el Real Madrid.

En Florentino Pérez descansa la responsabilidad de dirigir una institución que es, históricamente, el club deportivo más importante del mundo. Él es el principal garante de un legado centenario y legendario. Un legado que ha empañado cediéndole poder, cada año más, hasta cotas nunca antes alcanzadas en la Casa Blanca, a un mercenario. Ojo, no utilizo el término mercenario como algo negativo o peyorativo, sino como lo que es: a un mercenario no le mueven más causas que la suya propia, busca enriquecerse y alcanzar la gloria, alquila sus armas durante un tiempo y, llegado el final, se marcha sin importarle lo que deja atrás. Eso es Mourinho. Juzgarlo como algo bueno o malo depende del punto de vista.

Florentino cometió su hamartia, el error trágico que cometen los héroes mitológicos tratando de hacer el bien, cuando le sirvió a Mourinho la cabeza de Jorge Valdano en una bandeja de plata. Fue como si le soltase la correa a la bestia. Desde entonces, la voracidad del técnico portugués a la hora de construir un Real Madrid a su medida no tuvo límites. Desde muy pronto Mourinho se ganó la simpatía y la querencia de una parte mayoritaria de la afición, transmutándose con el tiempo en un auténtico Dios en la Tierra para muchos madridistas.



Su agigantada figura le situó incluso por encima de, si no todos, sí de la inmensa mayoría de los jugadores blancos más importantes. Esto no tiene porque ser necesariamente malo, ni mucho menos. Pero hay que tener en cuenta un factor clave: todos esos futbolistas son madridistas, de toda la vida o tras haber vivido desde dentro la grandeza del club, unos más y otros menos, pero todos, sin excepciones, sienten más afecto y respeto por el club que Mourinho.

The Special One se irá del Madrid dejando tierra quemada. Los mercenarios, cuando acaba su guerra, rapiñan todo lo posible antes de irse a otro lado. De un modo metafóricamente equiparable se está comportando Mourinho. Comenzó sus tropelías, con el beneplácito de su presidente, cargándose a Valdano (quién, independientemente de sus defectos, es infinitamente más madridista que Mou) y maltratando públicamente a jugadores con un peso menor en la plantilla.

Faltó al respeto a otros entrenadores (incluido a Toril, el técnico del Castilla) y otros clubes, algo que se supone incompatible con su cargo, al menos cuando se hace de manera premeditada, y comenzó una guerra con la prensa de la que se beneficiaron ambas partes pero que ha tenido un claro damnificado: el Real Madrid. Una guerra que nos ha servido, también, para contemplar el lamentable espectáculo de ver como muchos de los que hasta no hace tanto abanderaban la causa mourinhista, ahora cambian de chaqueta. Si algo se le debe reconocer unánimemente a Mourinho es que él es como es, de principio a fin. Otra cosa es que muchos hayan querido verlo de otra forma mientras el Madrid, deportivamente, se movía en una trayectoria ascendente.

Perdida la Liga en Enero, algo inexcusable para un equipo de semejante nivel, sólo quedó el órdago a la Champions. Un All-in respaldado por los jugadores, el cuerpo técnico, la directiva, la afición y, cómo no, por todos esos periodistas que ahora reniegan de Mou. Tras caer en semifinales por tercer año consecutivo, todo se ha empezado a desmoronar como un castillo de naipes. La guerra invisible (no tanto, en verdad) con algunos jugadores claves de la plantilla, encabezados por los dos primeros capitanes, ha pasado de castaño a oscuro en cuanto Mourinho ha encendido el ventilador.

Llegó un día en que Iker Casillas comenzó a apartarse del ejército que Mourinho pretende que sean sus plantillas, un ejército en el que los todos los legionarios, desde el primus pilus hasta el último mono, deben obedecer ciegamente a su líder, abdicando en él todo pensamiento crítico o duda moral. Desde ese día, Mourinho lo puso en su punto de mira. Para castigarle por haberse desentendido de los dictados del manager, Mourinho montó una pantomima que acabó convirtiendo a Adán en un muñeco roto. La lesión de Casillas le puso en bandeja a su entrenador realizar el jaque que buscaba: la situación le posibilitó que el club accediera a ficharle un portero que, según él, había pedido hace tiempo.

Con Sergio Ramos, el segundo capitán, ha tenido sus más y sus menos, tanto en privado como en público, con suplencia a modo de castigo incluida. Pero, tras caer en Champions, ha acabado por abrir un tercer frente contra otro de los pilares de la plantilla: Cristiano Ronaldo. Tras la eliminación ante el Dortmund, el goleador luso declaró que le daba igual el futuro de Mourinho, una reacción lógica tras haber oído a tu entrenador en rueda de prensa hablando mucho de lo queridísimo que se siente en Inglaterra y  muy poco del esfuerzo de los jugadores por remontar la eliminatoria al Borussia.

Como Mourinho le tenía guardada una desde que le armó un guirigay con aquellas declaraciones sobre su tristeza, no le faltó tiempo para atacar a su compatriota, culpándole de poco menos de contagiar su tristeza al equipo y, en consecuencia, de haber perdido la Liga tan pronto. Algo a todas luces injusto, teniendo en cuenta el extraordinario rendimiento de CR7, que no bajó ni cuando se declaró descontento.

Tanto ha forzado la máquina Mourinho que hasta se le ha rebelado Pepe. El manager tiene toda la razón apuntando a la pérdida de titularidad del central como principal causa de sus palabras. Desde luego que si siguiera siendo titular, parece harto improbable que Pepe cometiera semejante subversión. Sin embargo, sabiendo que no va a jugar el único partido importante que le queda al Madrid, la final de Copa, el defensa portugués ha preferido tener un gesto con Casillas, Ramos y compañía, para congraciarse con ellos, con los que, a priori, sí seguirá compartiendo vestuario la temporada que viene.

El penúltimo capítulo de Los Últimos Días de Mou lo vivimos esta mañana. La argumentación que llevó a cabo para defender su opción de mantener a Diego López como titular es inapelable. Lo que no hacía falta es insultar al capitán del Real Madrid y de la Selección Española con semejante grado de maldad. Por el medio de su diatriba, Mourinho dejó caer que Casillas prefería entrenadores manejables, con todo lo que ello conlleva como ofensa. Eso es pasar la línea roja y razón de más para que Florentino le pusiera de patitas en la calle. Pero claro, echar a Mourinho supondría pagarle un finiquito 20 millones de euros…

Sabiendo como sabéis que yo vengo señalando desde el primer día, con más o menos razón, los errores y las miserias de Mourinho, os mentiría si dijera que, en cierto modo, me falta poco para hacerme unas palomitas antes de la siguiente rueda de prensa de Mourinho. Por otro lado, albergo dudas de que muchos me crean cuando me lean afirmar que también hay muchas cosas que me duelen en toda su historia. Pero así es. Me indigna la situación de Casillas, no por la circunstancial pérdida de titularidad, sino por ver cómo Mourinho ha conseguido que muchos madridistas duden de su capitán o, incluso, renieguen de él. Y me asquea ver cómo la gente, aficionados y periodistas, se visten ahora de santos tras haberle vendido su alma al diablo. Al que ahora repudian, con un solo gol ante el Dortmund y una hipotética victoria en la final de Champions, se habría convertido en su Dios Supremo per secula seculorum. Y repito: Mourinho ha sido Mourinho siempre; los que han cambiado son otros.

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Bruno Sanxurxo