There’s only one David Beckham



David Beckham of Man Utd scores the 3rd goal

Lo importante era que tuviese la oportunidad de poner el centro, bien lo sabía Van Nistelrooy, por ejemplo. No tenía para ello velocidad ni regate, buenas cualidades para encarar el uno contra uno, pero si los ingleses celebran cada córner casi como un gol, no sería menos un centro de Beckham, pues tendría francas posibilidades de llegar a buen puerto. Y qué decir del rumor que recorría cada una de las gradas del estadio cada vez que una falta era pitada cerca del área: pocas veces he tenido esa sensación de peligro real en la liga española ante el saque de un libre directo. Sir David Beckham era más que eso, pero eso le bastaba para marcar la diferencia. El futbolista inglés era uno de esos representantes del fútbol de siempre, de los que estaban ahí desde que muchos empezamos a admirar este deporte, y por eso hoy se nos va un pedazo de fútbol con su retirada.

Decían que en Inglaterra surgía una gran generación en el Manchester United de Sir Alex Ferguson, y el que más llamaba la atención era un joven futbolista de porte y elegancia que se desenvolvía por la banda derecha de Old Trafford con la soltura de quien está destinado a hacer algo grande. Por ahí habían desfilado recientemente Kanchelskis o Poborsky, con lo que el listón era generoso. No tardó en convertirse en una referencia en Las Islas, y en el Mundial del 98 ya era la gran esperanza británica junto a Michael Owen. Allí se topó con Simeone. Pero lo mejor estaba por llegar tan sólo un año después: encontraría entonces el famoso trébol y ni siquiera tuvo que ser de cuatro hojas para hacer historia: conquistaría la Premier, la FA Cup y la Liga de Campeones en el final más recordado. Al término de aquel año, en 1999, le otorgaron el Balón de Plata, algo que no se gana por la cara.



Después llegaron las desavenencias con Ferguson, como tantos otros que le admiran y respetan tanto como chocan con su carácter. Aquello de la bota. En mitad de la tormenta llegó el Madrid en Champions, el de Ronaldo y el hat-trick en el Teatro de los Sueños. Beckham comenzó de suplente, salió en el segundo tiempo y dio un hálito de esperanza a los suyos. No pudo ser, perdieron la eliminatoria pero ganaron el partido por 4-3 con magistral gol de falta incluido del inglés. Al final del partido, la grada le dijo a Ferguson, en forma de coro, “There’s only one David Beckham” (sólo hay un David Beckham). No sirvió, sin embargo, para evitar la marcha de su ídolo ese mismo verano al club al que se había enfrentado aquel día: Beckham formaría parte del Madrid de los Galácticos.

Parecía fichado por Laporta para su nuevo proyecto en Barcelona, pero finalmente llegó Ronaldinho. A pesar de que Florentino negó hasta tres veces su contratación en el recordado Never Never Never, Beckham aterrizó en el Bernabéu al son de una estrella de cine. Ciertamente, aquello no parecía fútbol. Era la parte mediática, la de la venta de imagen y camisetas que hizo tomar por parte de algunos una idea de Beckham que no se ajustaba a la realidad, pues era un futbolista que cuando se calzaba las botas se lo dejaba todo en el campo, siempre como un caballero y un ejemplo de actitud.

En Madrid se topó con Figo, otra figura de la banda derecha, y con una acuciante escasez de mediocentros, lo que le llevó muchas veces al centro del campo. Siempre cumplió a pesar de las circunstancias, pero era cuando se escoraba a la derecha cuando sacaba a relucir lo mejor de su repertorio. Sólo ganó en Madrid una Liga y una Supercopa, lejos de lo que se esperaba de aquel equipo diseñado para ganarlo todo, pero sus cuatro temporadas en Chamartín, aunque lejos de lo que consiguió en Old Trafford, dejaron un grato recuerdo en el aficionado. El posterior destino fue inesperado: con 32 años y varias ofertas de la Premier, Los Ángeles parecía una parada marcada por el departamento de Marketing, sin embargo aún le quedaba ayudar a crecer a la MLS, ganar unos cuantos títulos allí y darle tiempo a hacer escala temporal en Milán y París.

Y ha sido en el Parque de los Príncipes donde ha decidido, a sus 38 años, poner fin a su trayectoria, al tiempo de Ferguson y Scholes, no sin antes ayudar al club capitalino a ganar la liga 19 años después y disputar como titular los cuartos de final de la Liga de Campeones ante el Barcelona. Un más que digno final para un futbolista que nunca será nombrado entre los mejores y nunca formará parte de un once ideal que no provenga de Manchester, pero que se ha ganado el respeto de todos dentro y fuera del campo. Entre ellos el mío, claro, que siempre quise tirar las faltas como él.

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Gabriel Caballero