El príncipe de Cagliari



Francescoli cagliari

Enzo grazie per i magici momenti che ci hai dedicato! Forza Cagliari!”

Hay futbolistas que, con sólo escuchar su nombre, asociamos inmediatamente a un equipo y lo imaginamos con su camiseta, y es difícil no imaginar a Enzo Francescoli con la banda roja sobre blanco de River Plate. El futbolista uruguayo es todo un ídolo en El Monumental, donde no olvidan la magia que desprendió con la zamarra de Los Millonarios, y lo es más incluso que en su Uruguay natal a pesar de que alzó tres Copas de América con la Celeste. Pero un aspecto por el que uno de los mejores futbolistas de la historia de Sudamérica no es tan recordado es por su carrera en Europa: El Príncipe no alcanzó en el Viejo Continente las cotas de River, pero eso no quiere decir que Francescoli no brillara al otro lado del Atlántico. Bien lo saben en Cagliari, donde Enzo es uno de los futbolistas más admirados que han vestido la camiseta Rossoblù.

Francescoli comenzó su carrera en su Uruguay natal con la camiseta del Montevideo Wanderers para ser traspasado tres años después a River tras brillar en la Copa América de 1983, donde fue campeón. Sus inicios en Buenos Aires no fueron fáciles, la presión de los medios y las expectativas en torno a su figura eran excesivas pero terminó siendo la estrella del conjunto argentino hasta ganar el torneo de 1986 y proclamarse máximo goleador del campeonato con 29 tantos, jugando como segundo delantero. Había llegado el momento de dar el salto a Europa pero no lo hizo a un grande sino al Racing de París, ya que consideró que sería un buen primer paso por el continente europeo. Hoy en categoría amateur, el conjunto capitalino protagonizaba entonces un ambicioso proyecto en el que Francescoli coincidió con estrellas francesas como David Ginola o Luis Fernández.

Sin embargo no llegaron los resultados esperados y la estancia en París se alargó en exceso hasta los tres años, rechazando su equipo ofertas de clubes como el Barcelona o la Juventus. Finalmente, el Racing cedió y lo traspasó al Olympique de Marsella, uno de los punteros de Francia, con el que en su única temporada ganó Le Champìonnat y fue proclamado mejor jugador extranjero de la Ligue 1. En su estancia en Marsella le vio jugar con ojos de admiración un marsellés de 17 años llamado Zinedine Zidane, que entonces jugaba en el Cannes, con el que en aquel 1989 debutaría en la máxima categoría y que años más tarde llamaría Enzo a su hijo en honor a su ídolo uruguayo.

Al término de aquella temporada disputaría con su país el Mundial de Italia, el segundo y último de su carrera tras el jugado cuatro años antes en México, pero en ninguno de ellos los charrúas pasaron de octavos de final, y para los dos siguientes no lograron la clasificación. Tras la cita italiana, Francescoli no se movería del país transalpino: su deseo siempre había sido jugar en el potente Calcio italiano, más aún por el deseo de acallar las voces que le tachaban de irregular. Quería demostrar su capacidad en el fútbol más fuerte del momento. Pero no fue ningún grande de la Serie A quien se hizo con sus servicios sino un modesto como el Cagliari, que había ascendido en dos años de la Serie C1 a la primera categoría de la mano de Claudio Ranieri. De esta manera, en 1990 llegaría a la isla de Cerdeña junto a dos compatriotas: un prometedor Daniel Fonseca procedente de Nacional de Montevideo y el centrocampista José Herrera, fichado del Figueres de la segunda española.



francescoli muñeco

El Cagliari, cuyo mayor éxito había sido sin duda el campeonato italiano de 1970 (el primer equipo italiano que lo conseguía al sur de Roma) de la mano de Luigi Riva, uno de los mejores futbolistas italianos de siempre, se trataba de un club ascensor que tenía el objetivo de asentarse en la Serie A, y comandado por Francescoli y sus compatriotas, además de otros buenos futbolistas como Gianfranco Matteoli, lo logró. Los inicios del Príncipe en el estadio Sant’Elia no fueron fáciles, y le costó adaptarse a un fútbol tan fuerte físicamente y con tan férreos sistemas defensivos, así que hubo de reinventarse: retrasó unos metros su posición para hacerse con las riendas desde el puesto de trequartista, por delante del batallador Herrera y surtiendo de balones a Fonseca, que sería el máximo goleador del equipo y no tardaría en llamar la atención de otros equipos del Calcio. En una gran segunda vuelta, Enzo mejoró notablemente su rendimiento y el Cagliari logró el objetivo de la permanencia.

Al año siguiente el equipo Rossoblù alcanzó de nuevo la permanencia con Carletto Mazzone en sustitución de Ranieri, que había puesto rumbo a Nápoles, y con la consistencia de Herrera en el centro del campo, los goles y la espectacularidad de Fonseca y la magia de Francescoli: su visión de juego, su último pase, la calidad técnica que poseía y que le hacía manejar el balón entre sus pies a su antojo, su disparo y también sus goles (marcó 17 en sus tres años en Cerdeña) le valieron la admiración de la hinchada de Cagliari. Pero lo mejor estaba por llegar: al año siguiente, sin Fonseca, que volvió a reunirse con Ranieri en Nápoles, con el brasileño nacionalizado belga Luis Ayrton Oliveira como sustituto del uruguayo y otros conocidos como Moriero o Pancaro, el Cagliari alcanzó la clasificación para la Copa de la UEFA al concluir sexto por delante de fuertes escuadras como la Sampdoria, el Torino, el Napoli o la Roma. Todo un éxito para el equipo de la Cerdeña.

No obstante, El Príncipe no pudo recorrer Europa con el Cagliari ya que para esa temporada fichó por el Torino, en el que sería su último año en el Viejo Continente antes de volver a River para volver a escribir páginas inolvidables en El Monumental. Y es que Francescoli, como decíamos, no dejó las mejores notas de su partitura en Europa, pero sí una huella imborrable allá por donde pasó: en Marsella hay grupos musicales con su nombre, y la afición rossoblù guarda un inmejorable recuerdo del charrúa, que lo tiene entre los mejores futbolistas que han vestido su camiseta y de quienes aún se leen frases como la que encabeza el post agradeciéndole su paso por Cerdeña, y no sólo por su fútbol: también por su elegancia, su humildad y ser siempre un caballero dentro y fuera del campo. Ha sido una lástima no haber podido disfrutar de Francescoli en un grande de Europa, pero también es grande que un jugador como él arribe a un club pequeño para hacerle un poco más grande, y eso hizo el Príncipe en Cagliari.

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Gabriel Caballero