La guía de la Eurocopa de 1996



Es lo bueno de hacer limpieza: nunca sabe uno lo que se va a encontrar, como si fuese una caja de bombones, que diría aquel. Entre viejos libros de texto, antiguas revistas que ya no se editan y cuadernos con hojas sueltas hallé una vieja publicación de hace nada menos que dieciocho años, de gran tamaño y con el papel un tanto desgastado, pero aún en buen estado. Lo aparté para echarle un vistazo más tarde, y en cuanto me puse a ello y pasé la primera página ya no pude parar: la guía de la Eurocopa de 1996 tuvo la facultad de teletransportarme a aquel año. Apenas quedan unas horas para que mañana empiece el Mundial de Cristiano Ronaldo, de Messi, de Iniesta, de Bélgica, Chile, Bosnia… aquella fue la Eurocopa de Shearer, de Gascoigne, Djorkaeff, Matthias Sammer, de una Francia que pocos años después lo ganaría todo, de una Dinamarca que defendería el triunfo más sorprendente en mucho tiempo, de una República Checa que sorprendió a todo el continente… fue mi primera Eurocopa, la que está por encima de jugadores, equipos y resultados, la primera a la que escribimos una carta de amor en forma de alineaciones en 4-4-2, la que nunca se olvida.

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En el Grupo A estaban los anfitriones: la Inglaterra de Terry Venables buscaba su primer título continental 30 años después de ganar su primer y único título mundial y Wembley aguardaba impaciente a todos aquellos que tratasen de impedir el triunfo de la pérfida Albión. La Premier League apenas había nacido unos pocos años antes y no tenía el brillo y poder adquisitivo de ahora, pero los pross contaban con una selección con buenos jugadores. En la guía, que repasaba junto a cada selección la clasificación final de cada una de sus ligas, se hacían eco del triunfo del Manchester de Ferguson y Cantona, que recuperaba el título tras haberlo ganado el año anterior el Blackburn de Alan Shearer, uno de los mejores goleadores de Europa, estrella de Inglaterra y que sería el máximo anotador de la Eurocopa. Jugadores como Fowler y Ferdinand le acompañaban en ataque, mientras que el centro del campo contaba con futbolistas de la talla de McManaman y Paul Gascoigne, entonces en el Glasgow Rangers y que se convertiría en uno de las estrellas del campeonato. No había tanto potencial en una retaguardia que contaba con clásicos como Tony Adams y Stuart Pearce, mientras que en el lateral derecho, Venables parecía decidirse por un “joven valor de 21 años” llamado Gary Neville. No fueron mencionados en la guía Beckham y Scholes, que ya tenían peso en el United y que seguro fueron reclamados para la selección como en España también lo serían dos jóvenes talentos.

Por si fuera poco Inglaterra estaba encuadrada en el mismo grupo con Escocia, con lo que la máxima rivalidad estaba asegurada a ritmo de britpop. Los McKimmie, McKinley, McCall y McCoist, liderados por McAllister, de quien hablamos aquí no hace mucho, llegaban a su segunda Eurocopa en un grupo difícil pero con la máxima ilusión. Uno de sus mejores jugadores por aquel entonces, el delantero Duncan Ferguson, del Everton, no fue al torneo por una lesión. Considerado el Cantona escocés, llegó a ser condenado a tres meses de cárcel por dar un cabezazo a un rival. El derby ante Inglaterra lo perdieron por 0-2 en un buen encuentro en el que Gascoigne marcó un gol memorable en el mismo minuto en el que Seaman había detenido un penalti. Aquel gol de Gazza se convirtió en una de las imágenes de marca del torneo y de la propia carrera de Paul Gascoigne.

Holanda también estaba en aquel grupo dirigida por Hiddink y encabezada por la magnífica generación que había surgido del Ajax de Van Gaal, campeón de Europa un año antes y equipo de culto para todo futbolero vintage que se precie. Destacaban a Kluivert como la estrella del combinado y Dennis Bergkamp era la guinda para un pastel de lujo. Sin embargo, una de las sorpresas del torneo la protagonizó Jordi Cruyff, que eligió a la selección con la que su padre había hecho historia antes que a la española y se convirtió en una de las revelaciones del torneo. Suiza completaba el grupo dirigida por Artur Jorge tras la buena etapa de Roy Hodgson. Era su primera Eurocopa y su estrella era un Stephane Chapuisat muy castigado por las lesiones.

España estaba en un Grupo B que en un principio imponía: a la siempre respetable Francia se le unían dos de las sorpresas del Mundial de Estados Unidos, Rumanía y Bulgaria, sin embargo, las dos selecciones del este no encontraron en Inglaterra el nivel mostrado en América. Me gustaba bastante aquel equipo que tenía España, y eso que entonces uno demandaba siempre a los más jugones, y en ese rol, Raúl y De La Peña eran indiscutibles. Sin embargo Clemente consideró que aún no estaban preparados para el salto a la absoluta y disputaron los Juegos Olímpicos de Atlanta con la Sub 21. Pero talento había, aunque Clemente tirase lo justo de él y le procurase no pocas polémicas. Me gustaba aquella selección porque el ataque había sido lo más justito en Estados Unidos, pero a Inglaterra fueron Kiko, Alfonso y Pizzi, con lo que arsenal ofensivo había. La vieja guardia del Dream Team de Cruyff, Bakero, Goikoetxea o Beguiristain había dejado paso a los Manjarín o Amavisca. Eso sí: Zubi seguía siendo un fijo en la portería. Por su parte, Caminero, tras su gran Mundial, ya acudía a Inglaterra como estrella del equipo. El nacionalizado Donato también suponía un buen refuerzo para el centro del campo, mientras que la defensa era bastante fiable con los Nadal, Abelardo, Alkorta, Sergi… Juanma López, uno de los héroes del doblete atlético y extremo derecho ocasional contra todo pronóstico, fue una de las sorpresas de la lista.

Dos años llevaba España sin conocer la derrota, y tampoco la conoció en la Eurocopa de 1996: empató ante Bulgaria y Francia y derrotó a Rumanía en la fase de grupos. Especialmente célebre fue el gol de Guillermo Amor: a seis minutos del final de la fase de grupos España estaba eliminada, pero un gol del barcelonista ante Rumanía otorgó el pase a cuartos. Posteriormente España empató ante Inglaterra en cuartos en un imponente estadio de Wembley, pero cayó finalmente en los penaltis en un capítulo más de la entonces célebre maldición de los cuartos de final. Anotaron Amor y Belsué y fallaron Hierro y Nadal, dos de los baluartes indiscutibles del equipo; por su parte no marraron el suyo ni Shearer, ni Platt, ni Pearce ni Gascoigne, pero el héroe inglés en ese momento fue sin duda David Seaman. Pero unos días después, esa tanda de penaltis que fue propicia en cuartos se volvió en contra de los anfitriones en semifinales ante Alemania, cuando tras marcar ambas selecciones sus cinco lanzamientos, el undécimo fue errado por Gareth Southgate. Las tandas de penaltis se convirtieron en protagonistas de la Eurocopa, ya que se vieron cuatro en los siete encuentros de eliminatoria, dos de ellas en semifinales.

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Francia acudió a aquella Eurocopa tras la decepción de no haber disputado el Mundial, y Aimé Jacquet decidió prescindir de los enfants terribles como Cantona, Ginola o Papin. Así, jóvenes futbolistas como Zidane, Karembeu, Barthez o Thuram, de quien aseguraban que lo tenía hecho con la Juve, se unieron a otros que ya llevaban un tiempo como Angloma, Deschamps, Blanc o Djorkaeff para formar un equipo que no pudo derrotar a la República Checa en semifinales, pero que estaba a las puertas de vivir una edad de oro. Por su parte, Bulgaria y Rumanía acudían con la misma base de USA 94 confiando en repetir gesta, pero no fue el caso. No las tenían todas consigo en la guía respecto a los porteros de los rivales de España: del francés Lama decían que tenía “lapsus con el balón en los pies”, del rumano Stelea afirmaban que alternaba “grandes paradas con grandes cantadas” y del búlgaro Mikhailov que era “un poco cantarín”.

El Grupo C tenía tela para cortar: dos clásicos como Alemania e Italia volverían a enfrentarse con una talentosa Rusia como amenaza, mientras que la República Checa era la convidada de piedra. Eso parecía. La Mannschaft, campeona del mundo en 1990, finalista de la Eurocopa de 1992 y cuartofinalista en Estados Unidos, seguía contando con la magnífica generación de los Klinsmann, Möller, Hässler o Kohler, ya rozando la veteranía. Tuvieron además algunos fichajes imprescindibles: dos buques insignia como Illgner y Matthäus, este último por sus diferencias con el seleccionador, habían renunciado a la selección, pero sus sustitutos, Andreas Köpke y Sammer, hicieron un torneo espectacular. El primero estuvo a punto de fichar por el Barcelona y el segundo ganó el Balón de Oro aquel año. Yo, que conocía a la selección alemana principalmente por el Mundial de 1994 y mi parabólica estaba reducida entonces a Don Balón y los resúmenes de El día después, me preguntaba quién demonios era ese centrocampista rubio llamado Dieter Eilts, pero el del Werder Bremen se convirtió en un fijo para Berti Vogts. Otra incorporación clave fue la de Oliver Bierhoff, que se estaba ganando la vida en el Calcio vistiendo la camiseta del Udinese y tardó unos cuantos años en hacerse un sitio en la selección. Bierhoff fue clave para el triunfo final de Alemania marcando los dos goles de la final, sus dos únicos goles del torneo. El segundo de ellos, en la prórroga, fue el primer y seguramente más famoso gol de oro.

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En la guía destacaban de Italia lo mismo que contábamos hace unos días: da igual el estado de forma en el que lleguen, siempre se salen con la suya, sin embargo no fue el torneo de la Squadra Azzurra. Con la finalista del último mundial por aquel entonces no estaba Baresi, que había renunciado a la selección, ni Roberto Baggio, en “escandalosa baja forma”. También destacaban la ausencia de Signori e Igor Protti, máximos realizadores de la Serie A. Sacchi confió en jugadores como Casiraghi, Ravanelli y un joven Alessandro Del Piero. Tras derrotar a Rusia en el primer partido, la entonces sorprendente derrota ante la República Checa y el empate contra Alemania los dejaron fuera en la fase de grupos.

Con Rusia pasaba lo contrario que Italia: se destacaba su talento antes del torneo pero siempre fallaban a la hora de la verdad. Kanchelskis, Kharine, Onopko, Karpin, Mostovoi o Kolyvanov asustarían a cualquiera, pero el papel de la selección rusa volvió a ser decepcionante. ¿Y la República Checa? Ya avisaban en la guía que podían dar alguna sorpresa en base a una buena forma física y un peligroso contragolpe, pero difícilmente podrían imaginarse que aquella selección llegaría a la final y que sus jugadores se desperdigarían por los mejores equipos de Europa. Llegaban sin el tinerfeñista Pavel Hapal a causa de una lesión y con Patrick Berger como estrella. Dusan Uhrin tenía clara su defensa de cinco pero dudaba entre meter a Bejbl en el centro del campo o a un joven prometedor llamado Pavel Nedved. A un tal Poborsky, el genio de la cuchara, ni siquiera le daban opciones de titularidad. Aquella selección dejó fuera primero a Italia en la fase de grupos, a Portugal en cuartos y a Francia en semifinales para caer en la prórroga de la final ante Alemania: a punto estuvo la Eurocopa de conocer otro campeón por sorpresa, pero nadie olvida el gran torneo que hicieron los checos en 1996.

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El Grupo D era toda una incógnita: no se sabía qué rendimiento daría Dinamarca al repetir título, de qué serían capaces los croatas en su primer gran torneo internacional ni qué nivel ofrecería la “generación de oro de Portugal”. Lo que sí parecía claro es que la Turquía de Hakan Sukur lo tendría bastante difícil, y así fue. Y eso que en la fase de clasificación habían dejado en la cuneta a la selección sueca de Brolin, Dahlin, Larsson y Kenneth Andersson, tercera en Estados Unidos. Como curiosidad, aquel año el Fenerbahçe ganó la liga turca entrenado por Carlos Alberto Parreira.

La Dinamita Roja, que esta vez sí acudió a la Eurocopa sin antes haberse ido de vacaciones (lo que no les fue mal), llegaba esta vez sí con Michael Laudrup, ausente en 1992. Los hermanos Laudrup y Schmeichel eran las figuras de un combinado en el que se asomaba el pretendido Mikkel Beck y en el que ya se hablaba del talento de un joven Jon Dahl Tomasson. No pasaron de la fase de grupos a pesar del excepcional rendimiento de Brian Laudrup, con tres goles en tres partidos. Por su parte Croacia llegaba con el cartel de potencial equipo revelación, aunque rara vez la sorpresa mayor es la prevista. Suker, Boban, Prosinecki, Boksic y Jarni cayeron en cuartos ante Alemania en un digno papel, pero su mejor momento llegaría sólo dos años después en el Mundial de Francia. Por último, Portugal acudía a un gran torneo diez años después del Mundial de México y lo hacía con una generación que lo había ganado todo en categorías inferiores. Vitor Baia, Fernando Couto, Paulo Sousa, Océano, Sa Pinto, Joao Pinto, Figo y Rui Costa prometían espectáculo y pasaron la fase de grupos con solvencia, pero no pudieron con una intratable República Checa en cuartos. El mayor hándicap de aquella selección estaba en el ‘9’: las cosas no han cambiado demasiado en el país vecino.

Grandes jugadores, grandes equipos y grandes recuerdos. Mañana se abre un nuevo capítulo en los torneos de selecciones, para unos será un nuevo Mundial y para otros será el primero, el que guardarán en la memoria envuelto en un halo especial. Si os habéis hecho con una guía del Mundial, guardadla, quizá la encontréis dentro de dieciocho años y volváis a revivirle.

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Gabriel Caballero