Recuerdo que en mi época postadolescente, en la que por fin cumples la ansiada mayoría y ves cómo presuntamente se abre ante ti un mundo de posibilidades, llegó el fatídico momento de sacarse el carné de conducir. Tras el examen teórico venía el práctico y con él, decenas de clases aparentemente de una hora, que duraban 45 minutos, y que se pagaban a precio de oro. Y si todo iba bien, cuando ya te habían exprimido hasta el último euro de tu pobre bolsillo, llegaba la gran cita: el examen práctico. 20 minutos para demostrar que tantas horas al volante habían surtido efecto. Cualquier mínimo error se pagaba caro. Normalmente íbamos embutidos tres alumnos, el profesor y el examinador, que se ponía en el asiento central de la parte trasera para ver en alta definición tus posibles cagadas. Toda esta chapa para llegar al quid de la cuestión: ¿haces el examen el primero o el último?

Por ello había tres tipos de alumnos. El que prefería hacerlo el primero, para quitarse el marrón lo antes posible. Al que le daba igual, que era aquel que iba confiado al primer examen al que asistía. Y el que prefería hacerlo al final, tras ver qué camino tomaban sus compañeros, en qué se fijaba el examinador y tratar de observar los errores y aciertos de sus compañeros para no repetirlos o emularlos según el caso. Esta semana en los octavos de final de la Champions League al Barcelona le tocó examinarse primero. No porque así lo decidiera, sino porque mandaba el calendario. ¿El resultado? Una sucesión de pésimas maniobras hizo que saltara el chivato y con él, la falta eliminatoria que le obligará a resurgir en tres semanas si no quiere quedarse a medio camino. Al Real Madrid le tocó examinarse después de ver los errores en serie de su rival en París y no quiso dar margen a la sorpresa. Entendió de qué va esto de la Copa de Europa, que por algo es el club que más entorchados suma, y no dejó pintarse la cara por el Nápoles. Aprobado en el primer round, a la espera de que lo suceda en San Paolo, el equipo de Zidane mostró su mejor versión pese al fallo leve de los primeros minutos.

Keylor, Carvajal y Casemiro

Sí, porque a pesar de que los blancos salieron en tromba y pudieron desnivelar el marcador nada más comenzar, una presión en falso de Varane en el centro del campo propició la sorpresa en el Santiago Bernabéu. El francés habilitó a Insigne, que recibió un pase con el que a priori tenía que salir escopeteado rumbo al portal merengue. Sin embargo, vio a Keylor adelantado y mal posicionado y el crack italiano le pegó al balón con toda la intención del mundo desde 30 metros. El italiano se marcó un Jovetic —el montenegrino también hizo sangre con un despiste suyo— aprovechando el mal posicionamiento del guardameta costarricense, que en ese momento pensaría en la típica expresión de su país (“Pura Vida”) pero sustituyendo la erre por otra letra que seguramente imagines. Tras ese 0-1 a los ocho minutos, la sombra del PSG y de lo que le había pasado al Barcelona 24 horas antes hizo acto de presencia en Chamartín, aunque de manera efímera. Tras unos momentos de confusión en los que Ramos vio una amarilla y se trascaba la magedia, lo cierto es que hasta los más jóvenes del lugar sabían que lo que acabó sucediendo, podía pasar.



Y pasó que Benzema remató diez minutos más tarde un maravilloso centro de Carvajal al más puro estilo Quaresma. Más allá de los elogios que se pueda llevar el francés por su actitud anoche, hay que reconocer el daño que suele hacer por banda derecha las incursiones de Dani. El lateral le puso un caramelo que Karim sólo tuvo que acariciar con la testa. Si el ‘9’ se transforma en Champions, que la Liga la juegue Morata, que suspira por esos minutos en los que su homólogo desaparece. Benzema pudo darle la vuelta al marcador antes del descanso, pero la madera lo impidió. Entre tanto, el Nápoles trataba de sorprender en sus llegadas mientras que Reina, a su vez, demostraba que no sólo es un animador de vestuarios. El equipo de Sarri, un dechado de virtudes, dejó buenas sensaciones aunque insuficientes para hurgar en el ánimo de Navas.

Tras el paso por la caseta el Madrid siguió en busca de un resultado que le garantizara cierta tranquilidad de cara al choque de vuelta en Italia. Con un Cristiano más solidario de lo habitual, cosa que le hace mejor futbolista, dos fogonazos lograron el necesario cometido. Primero con un pase al borde del área del actual Balón de Oro que Kroos, con un pase a la red, situó lejos del alcance de Reina. Y después con un zapatazo antológico de otro que no copa portadas pero que es indispensable en el engranaje blanco: Casemiro. El brasileño cazó un balón al vuelo y en lugar de mandarlo a la quinta grada, el destino habitual de este tipo de remates, lo clavó para confirmar una remontada que deja en muy buen lugar al Real Madrid y que obligará al Nápoles a marcar al menos dos goles en su casa para evitar le eliminación. Los de Zidane demostraron ser unos alumnos aventajados y tras lo visto un día antes en París, se dejaron la piel para encarrilar el carné que lo acredite como cuartofinalista.

En NdF | Humillados en París

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Fernando Castellanos

Editor de NdF desde 2006 y periodista deportivo desde hace un poco menos.